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Evaluación Independencia de México
Blog del curso de Historia impartido por el Prof. Juan Antonio Díaz Barrientos en la Prepa Bernardino de Sahagún del IEMS
viernes, 8 de mayo de 2020
domingo, 3 de mayo de 2020
La independencia de México. Clase Virtual
Hola, les comparto la clase virtual que grabé para ustedes y subí a mi cuenta de You Tube. Se encuentra dividida en dos partes. Saludos.
viernes, 1 de mayo de 2020
La Independencia de México
Si
leíste la pasada publicación sobre los antecedentes de la
independencia de México entonces ya sabes la problemática que
enfrentaba —en la cúspide de la sociedad novohispana— a los
criollos con los españoles peninsulares, o “gachupines”, recelo
alimentado durante siglos por el orden impuesto que colocaba a los
gachupines en los puestos importantes de gobierno y que los nuevos
criollos ilustrados buscaban revertir.
También
sabrás ya que el emperador Napoleón I Bonaparte había arrebatado
la corona española y entronizado a su hermano Jośe I como rey de
España, causando la inconformidad de la población hispana y el
levantamiento popular en contra de la imposición y a favor del
restablecimiento de la monarquía española en la persona de Fernando
VII.
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| José I |
Al
conocerse la usurpación del trono español por Francia en la Nueva
España nadie apoyó el reconocimiento del nuevo rey francés, José
I Bonaparte. Sin embargo surgió el problema de quién gobernaría
con legitimidad la Nueva España. Los criollos, agrupados en el
Ayuntamiento de la Ciudad de México, defendieron la idea del síndico
Francisco Primo de Verdad y Ramos de que preso como estaba el
soberano español la soberanía regresaba al pueblo y éste podía
darse el gobierno creando un gobierno provisional al mando del propio
virrey José de Iturrigaray, hasta en tanto el monarca español fuera
liberado. Tal propuesta fue tomada como el espaldarazo del
Ayuntamiento criollo al virrey y el intento de independizar a la
Nueva España, y motivó el levantamiento de los simpatizantes del
partido español quienes depusieron al virrey Iturrigaray y apresaron
a varios miembros del Ayuntamiento, entre ellos al Licenciado verdad,
quien murió extrañamente en la cárcel del Arzobispado en octubre
de ese 1808. Los alzados colocaron como nuevo virrey al Mariscal
Pedro Garibay, viejo curtido que sin embargo carecía de legitimidad
por no haber sido nombrado por instancia legítima alguna. Garibay se
dedicó a perseguir a los partidarios de la independencia agriando la
disputa entre criollos y peninsulares y, finalmente, fue sustituido
en julio de 1809 por la Junta de Sevilla, que se había creado para
gobernar España en ausencia de Fernando VII, quien nombró como
nuevo virrey al arzobispo de México Francisco Javier Lizana.
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| Francisco Primo de Verdad |
Lizana
resultó ser demasiado indulgente, durante su gobierno se llevó a
cabo la “conspiración de Valladolid”, auspiciada por José
Mariano Michelena, José María García Obeso y el fraile Vicente de
Santa María, entre otros. Cuando la conspiración fue denunciada y
presos sus participantes el arzobispo-virrey se conformó con
arraigarlos en la ciudad de Valladolid (Morelia), donde pudieron
seguir libres. Su benevolencia le valió ser destituido por la Junta
Central de Sevilla, quien nombró como su sucesor al virrey Francisco
Javier Venegas, en mayo de 1810.
Para
entonces los novohispanos criollos acusaban a los peninsulares de
pretender entregar el país a los franceses, mientras que a su vez
eran acusados por éstos de pretender independizar a la Nueva España
de la Madre Patria. Lo que era claro es que los sucesos en Europa
habían dado a los criollos americanos el pretexto ideal para
quitarse de encima la hegemonía peninsular. Pero no sería fácil.
Las
conspiraciones siguieron dándose, pero de éstas la más
significativa fue la de Querétaro, en la que participaban personajes
como el propio corregidor Miguel Domínguez y su esposa Doña Josefa
Ortiz, el cura de Dolores Miguel Hidalgo, y los militares Ignacio
Allende —quien había también participado en la conspiración de
Valladolid— y Juan Aldama, entre otros.
La
finalidad de los conspiradores de Querétaro era formar una Junta que
rigiera la Nueva España y la conservara para Fernando VII, mientras
España estuviera invadida por Francia, como “un deber de los
Americanos”. Es decir, formar un gobierno de americanos para
americanos, o sea de criollos. Para ello hicieron acopio de armas y
formaron células del movimiento en otras poblaciones. Su intención
era aprovechar la fiesta de San Juan de los Lagos, en octubre de
1810, para llevar a cabo el levantamiento. Sin embargo, como sabemos,
la conspiración también fue denunciada y se giraron órdenes de
aprehensión contra sus organizadores, pero esta vez la noticia fue
conocida por los conspiradores y éstos decidieron adelantar el
levantamiento. “No queda más remedio que ir a coger gachupines”
habría dicho Hidalgo a Allende, así como que “quienes inician
empresas como la nuestra no viven para saborear sus frutos”. Tales
frases son de conocimiento común en México.
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| Miguel Hidalgo |
El
levantamiento de Hidalgo, que por cierto fue invitado y puesto al
frente del ejército insurgente por su carisma y arraigo entre los
sectores populares, alcanzó a reunir cerca de cien mil personas, con
las que se dirigió hacia la Ciudad de México, pasando por
Atotonilco —donde tomó el estandarte de la Virgen de Guadalupe—
y por Guanajuato —donde se llevó a cabo la toma de la Alhóndiga
de Granaditas, el saqueo y la matanza de españoles que le valieron
el descrédito a Hidalgo, así como el inicio de sus diferencias con
Allende.
El
hito que marca la historia de Hidalgo
y su movimiento es
su negativa a tomar la Ciudad de México. Algunos opinan que tuvo
miedo de que se repitieran los excesos de Guanajuato. Lo cierto es
que se detuvo en Cuajimalpa donde fue derrotado por el ejército
realista, bien preparado, al mando de Félix María
Calleja —que posteriormente sería nombrado virrey en sustitución
de Venegas—, quien fácilmente desbandó con su ejercito bien
preparado a las bandas desorganizadas de los insurgentes, forzándolos
a huir hacia Guadalajara, donde José Antonio Torres había tomado la
plaza e instaurado un gobierno insurgente.
En
Guadalajara Hidalgo instaló su gobierno, recibió el título de
“Alteza Serenísima” y emitió algunas de las disposiciones que
caracterizarían a su movimiento, como la supresión de la
esclavitud, la supresión de los diezmos y tributos, y la publicación
del primer periódico que difundió la causa de los insurgentes: “El
Despertador Americano”. Sin embargo el gobierno de Hidalgo en
Guadalajara duró muy poco, pues las fuerzas realistas llegaron en su
búsqueda forzándolos a trabar batalla en el puente de Calderón, en
las afueras de Guadalajara, dónde nuevamente fue derrotado y
desbandado. Con los pocos hombres que les quedaban los insurgentes
marcharon con rumbo a los Estados Unidos, con la esperanza de
reorganizarse y lograr el apoyo a la causa independentista, pero no
lograron hacerlo, pues fueron detenidos en las norias de Baján, en
Coahuila, luego fueron enjuiciados, fusilados y sus cabezas exhibidas
en las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas para
escarmiento de los insurgentes.
Como
dicen poéticamente en la historia patria, la llama independentista
fue retomada por el antiguo alumno de Hidalgo: José María Morelos,
que había sido comisionado por el mismo Hidalgo para levantar la
insurgencia en la costa sur del país. Morelos resultó más metódico
y organizado que Hidalgo, y mucho mejor estratega. A diferencia del
cura de Dolores, Morelos no reclutó indiscriminadamente gente para
la causa, sino únicamente hombres disciplinados y dispuestos a la
lucha, a la demás gente la convencía de apoyar a la causa de otras
formas, aportando insumos y difundiendo sus motivos.
Morelos
tuvo sus mejores apoyos en personajes de la talla de Don Hermenegildo
Galeana, hacendado de la costa grande, y los Bravo —Leonardo y
Nicolás— con quienes estableció la Provincia de Tecpan como
territorio libre y autónomo. Así mismo, en su campaña por Puebla
adquiriría el apoyo de otro prócer, Mariano Matamoros. Con estos y
otros hombres Morelos llegó a controlar un importante territorio en
el sur y centro del país —los actuales estados de Guerrero,
Morelos, Puebla y Oaxaca—, incluso, junto con Ignacio López Rayón
y otros insurgentes, como José María Liceaga, instalaron el
Congreso de Chilpancingo y proclamaron la Constitución de
Apatzingán, es decir los ejercicios de una nueva nación
independiente ya totalmente de España. Aunque esto último fue causa
de distanciamiento entre Morelos y Rayón, pues este defendía aún
los derechos del rey Fernando VII sobre una Nueva España
independiente.
La
humildad de Morelos hizo que no aceptara el tratamiento de “Alteza
Serenísima” que tan gustoso había aceptado Hidalgo y se llamara a
sí mismo sólo “Siervo de la Nación”, pero la misma humildad
hizo que se sometiera a las disposiciones erráticas, primero de la
Junta de Zitácuaro —y de López Rayón— y luego del Congreso de
Chilpancingo, lo que le valió serias derrotas de parte de los
realistas, y finalmente su aprehensión y fusilamiento, con lo que se
descabezó el movimiento insurgente.
Como
corolario conviene recordar el ideario de Morelos expresado en sus
“Sentimientos de la Nación”:
“Que
la América es libre e independiente de España y de toda otra
Nación, Gobierno o Monarquía, y que así se sancione, dando al
mundo las razones.”
“Que
como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro
Congreso deben ser tales que obliguen a constancia y patriotismo,
moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el
jornal del pobre, que mejore sus costumbres, aleje la ignorancia, la
rapiña y el hurto.”
“Que
la esclavitud se proscriba para siempre y lo mismo la distinción de
castas. Quedando todos iguales, y sólo distinguirá a un americano
de otro el vicio y la virtud”.
Así
mismo se le atribuye la frase:
“Que
se eduque al hijo del labrador y del barrendero como al del más rico
hacendado.”
Derrotado
Morelos la lucha independentista no volvió a tomar fuerza ni a tener
una dirección fuerte ni a controlar un territorio extenso, sino se
disgregó a diferentes zonas del país, desde donde continuó la
resistencia.
Al
virrey Venegas lo sustituyó Félix María Calleja –en 1813– de
quién conviene recordar que le correspondió poner en vigor la
Constitución de Cádiz, sin embargo la libertad de imprenta
establecida en ella le fue adversa pues surgieron infinidad de
publicaciones favorables a la causa insurgente, por lo que de facto
Calleja se vio obligado a suspenderla.
Desde
1810 la Junta Central había convocado a representantes de las
posesiones españolas, incluidos los virreinatos, a las Cortes
Generales Españolas que se reunieron entre 1810 y 1812. El resultado
fue una Constitución liberal que acababa con la monarquía absoluta
en España y establecía la división de poderes, toda vez que
limitaba el poder de la Iglesia y la nobleza españolas.
Sin
embargo la Constitución de Cádiz sólo estuvo vigente hasta 1814,
cuando fue derrotado Napoleón y por lo tanto liberado Fernando VII
quien la desconoció y restableció la monarquía absoluta. Así
mismo Fernando VII desconoció y combatió los movimientos
independentistas en América. En el caso de la Nueva España nombró
como nuevo virrey a Juan Ruiz de Apodaca, quién para acabar con la
insurgencia ofreció indultar a todos los insurgentes que entregaran
las armas.
Muchos
insurgentes se acogieron al indulto y entregaron las armas. Sólo
algunos como Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria se mantuvieron en
la lucha. Para 1820 el movimiento insurgente era prácticamente
inexistente; el único intento de reactivación había sido el
protagonizado por Francisco Javier Mina, liberal español que
habiendo reunido un grupo de combatientes desembarcó en Tamaulipas y
llevó a cabo algunas batallas, pero fue finalmente derrotado y
fusilado por las tropas realistas. A Mina lo acompañaba fray
Servando Teresa de Mier en su campaña.
En
una vuelta del destino, curiosamente, serían los realistas opuestos
a la independencia quienes terminarían proponiéndola, cuando en
España el levantamiento liberal de Rafael del Riego obligó al rey
Fernando a decretar la puesta en vigor de la Constitución de Cádiz,
que como ya vimos era contraria a los intereses de la Iglesia y la
oligarquía novohispanas.
Entonces
se reunieron en la iglesia de La Profesa –que hoy se encuentra en
la calle de Madero esquina con Isabel la católica, en el centro de
la Ciudad de México– y formularon un plan para separar a México
de España mientras estuviera en vigor la Constitución de Cádiz, y
pusieron al mando del mismo a Agustín de Iturbide, criollo realista,
fiero cazador de insurgentes.
Ambicioso
como era, a Iturbide le cayó como anillo al dedo el nombramiento y
como fue destacado para combatir a Vicente Guerrero aprovechó para
convencerlo de unir fuerzas en pro de una única causa, la
independencia, pues era práctico también. Así formuló el Plan de
Iguala, o de "las tres garantías", pues garantizaba la
independencia, la unión y la religión católica. Simbolizó estos
principios con tres colores que son el origen de nuestra actual
bandera.
Habiendo
aceptado Guerrero, poco a poco generales insurgentes como realistas
se fueron adhiriendo al Plan de Iguala. Entre tanto llegó a la Nueva
España el último virrey –en realidad su nombramiento según la
Constitución de Cádiz era de Jefe Político– Juan O'Donojú.
No
fue difícil convencerlo, pues era liberal. Así para el día 24 de
agosto de 1821 Iturbide y O'Donojú firmaron los tratados de Córdoba
que reconocían la independencia del nuevo Imperio Mexicano.
Así
finalmente el 21 de septiembre de 1821 el ejército de las tres
garantías hizo su entrada triunfal en la Ciudad de México
consumando la independencia de México, aunque España no lo
reconocería sino hasta que en 1829 salió su último piquete de
ejército que se hallaba en San Juan de Ulúa.
Tanto
el Plan de Iguala como los tratados de Córdoba estipulaban que de no
aceptar el rey Fernando, o algún miembro de su familia, el trono del
Imperio Mexicano, los propios mexicanos podrían elegir a su nuevo
emperador. Y como ninguno aceptó, finalmente Iturbide presionó al
nuevo congreso –apostando al ejército frente al recinto
legislativo– a nombrarlo emperador. Así la Nueva España pasó de
ser un virreinato a un nuevo imperio con un también novel emperador:
Agustín de Iturbide.
miércoles, 29 de abril de 2020
Independencia de México. Antecedentes
Como vimos anteriormente, a inicios del siglo XIX Napoleón Bonaparte se había convertido en el hombre fuerte de Europa y el mundo occidental, lo que motivó a otras potencias —principalmente Inglaterra— a hacerle frente. Entre tanto, hacia 1808, había impuesto a su hermano José Bonaparte como rey de España y esto había de afectar la historia de nuestro país que en ese momento era una posesión española llamada “Nueva España”.
Recordemos que la Nueva España se inició con la conquista del Imperio Azteca en 1521 y tendría una duración de trescientos años, pues en 1821 se consumaría la independencia del Imperio Mexicano que luego se conformaría como una república. Pero veamos brevemente cómo pasó todo esto.
Para darnos una idea de la sociedad novohispana y para comprender los motivos que llevaron a unos a pretender independizarse de España nos apoyaremos en un fragmento de la obra de Elisa Vargaslugo, México Barroco vida y arte, en que nos proporciona tanto una descripción de la sociedad novohispana, como del sentimiento de orgullo, arraigo a la tierra y de diferenciación con respecto de la sociedad española que nació entre la sociedad criolla de finales del siglo XVIII, es decir en las vísperas de la lucha por la independencia:
En el año de 1799 había en la Nueva España alrededor de cuatro millones de habitantes, de los cuales los españoles eran la décima parte y en sus manos se acumulaba prácticamente toda la riqueza del reino. Los indios seguían en el mismo estado de ignorancia y aislamiento en que los dejó la conquista, sin bienes ni honor, verdaderamente estancados, apáticos e indiferentes, a causa de que las Leyes de Indias los protegieron como a menores de edad, provocando su atraso y su desgracia. Los mestizos eran ya muy numerosos, no obstante, aún sin fuerza social. Los criollos, casta también numerosa aunque sojuzgada como las demás, fue la clase instruida y pensante, en cuyo seno surgió el sentimiento libertario que labró el camino de la independencia de la Nueva España; sentimiento que se desarrolló de manera poderosa e incontenible y tuvo extraordinaria proyección mediante las artes.
Heterogénea, multicolor y muy contrastada fue desde sus orígenes la población del México colonial, debido a que se constituyó con la mezcla de indios, españoles y negros. La casta española, iniciada con los conquistadores, se mantuvo y continuó creciendo con la constante llegada de más personas de la península, razón por la cual a los españoles también se les llamaba peninsulares. Los hijos de los españoles fueron los criollos, es decir hombres de sangre hispana ya nacidos y criados en tierra americana. Por otra parte, de la unión de españoles e indios surgió el mestizo, nacido muchas veces de las relaciones violentas entre españoles e indias, y en otras ocasiones hijo de legítimos matrimonios mixtos, pues sí los hubo, y en número más crecido de lo que se ha creído.
Un caso ejemplar es el de Baltasar Gómez de Muscobia, considerado indio principal, que vivía en la ciudad de México hacia 1641 y estaba casado con una española de la buena sociedad.
Como es del conocimiento general, la necesidad de mano de obra, sobre todo para los trabajos de las minas, favoreció la importación de esclavos negros que vinieran a reforzar o a sustituir a los indios, quienes, como había quedado demostrado, no tenían resistencia física para esas arduas y peligrosas empresas bajo la superficie de la tierra. De la libre unión de los españoles con sus esclavas negras surgieron los mulatos. Así, al correr de los años, la población novohispana se componía de españoles (apodados también gachupines), criollos, mestizos, castizos (hijos de español y mestiza que por su mayor porcentaje de sangre española se asimilaban casi automáticamente a la clase dominante), mulatos y, además, de las muchas otras mezclas sanguíneas que pronto surgieron de la unión de negros con mulatos, con mestizos o con indios, conocidos genéricamente como “de color quebrado”, que pronto fueron la parte más numerosa de la sociedad y quienes se dedicaron en su mayoría al trabajo artesanal.
Ahora bien, ¿quién era quién en ese complejo y variado mundo multicolor? Como resultado de la conquista los españoles —primero los conquistadores mismos y después los peninsulares que fueron llegando a lo largo del tiempo, así como los descendientes de ambos, los criollos— formaban la clase social más alta y privilegiada. Las riendas del gobierno civil y eclesiástico: virreyes, oidores, arzobispos, el alto clero y todos los altos funcionarios de la administración pública eran, por lo general, españoles. Esta fue una medida tomada por la Corona para conservar el predominio sobre la Colonia, a pesar de que el rey había ordenado que se prefiriera a los criollos para los cargos públicos. Aunque llegó a haber obispos, oidores y gobernadores criollos. Así pues, los criollos, a pesar de formar parte de la clase más alta de la sociedad, por obvias razones políticas, eran obstaculizados para desempeñarse en los puestos representativos de la autoridad real. Es decir, los criollos novohispanos se encontraban con las manos atadas en su propio país e imposibilitados para entregarse abiertamente a las ocupaciones de la vida socio—política de su patria.
En 1629, cuando el papa Urbano VIII beatificó a Felipe de Jesús —fraile franciscano, criollo, quien murió como mártir en el Japón— la situación política de los criollos parece haber mejorado, pues en cierto modo se demostraba su capacidad para recibir órdenes sacerdotales. Pero ese reconocimiento, fue disminuyendo a medida que los criollos ganaban en preparación intelectual, superando a los peninsulares. Estos, celosos de sus privilegios, y temerosos de la fuerza política que pudieran alcanzar, pusieron dificultades para evitar la superación de los criollos, exagerando sus defectos y debilidades.
Entre la sociedad criolla hubo talentos para todos los conocimientos; hubo poetas, historiadores, literatos, pintores, arquitectos, escultores, teólogos, latinistas, cirujanos, etcétera, quienes con gran irritación veían como los cargos importantes se otorgaban preferentemente a los españoles. Muy importante es la opinión dada por el virrey marqués de Mancera en 1673 acerca de la insondable separación que ya existía entre los españoles peninsulares y los criollos: “...pretendiendo los criollos no ser inferiores a los de Europa, y desdeñando éstos la igualdad”. Por otra parte, el arzobispo Núñez de Haro y Peralta expresó que era muy conveniente tener sujetos a los criollos con empleos medianos, y que convenía mucho “que tengan por delante a nuestros europeos”, que, según él, eran quienes deseaban el bien de la patria. Para entonces los criollos consideraban extranjeros advenedizos a los peninsulares que llegaban de Europa a enriquecerse a costa de los indios y sostenían que la causa del mayor deterioro de estos últimos, no estaba en su naturaleza, sino en la manera de gobernar de los europeos.
Más difícil aún, fue la vida para los mestizos. Estos, constituían una minoría ajena y socialmente desajustada —en 1673 todavía era considerada por el virrey marqués de Mancera como grupo menos numeroso que los negros y los mulatos. Los primeros mestizos eran, los descendientes de los conquistadores y de los primeros peninsulares llegados a la Nueva España. Estos, “mestizos viejos”, se consideraban a sí mismos con iguales derechos que los españoles y así eran tratados, sobre todo aquellos que podían presumir de un glorioso apellido en lengua vernácula, como los Moctezuma, y los Ixtlixóchitl de Tenochtitlán y Texcoco respectivamente, o los Maccicatzin de Tlaxcala. Otra cosa fueron los “mestizos nuevos” que nacieron a partir del último tercio del siglo XVI, por lo general de uniones ocasionales con indias no distinguidas y que no eran reconocidos como hermanos por los mestizos viejos.
Los mestizos nuevos no tenían un destino claro en la sociedad. Se desempeñaban trabajando en algunos de los gremios artesanales más humildes, como los zapateros remendones y candeleros. Sin embargo hubo algunos mestizos que escalaron la sociedad novohispana, sobre todo aquellos que tuvieron la suerte de ser reconocidos por sus progenitores españoles.
Martín Cortés el Mestizo, hijo de Hernán Cortés y de la Malinche, (1523-1599) fue sin duda uno de los primeros mestizos y el más alto representante de la mezcla de sangres hispana e indígena.
La nobleza indígena, a pesar de haber sido el grupo dominante no escapó a los efectos de la conquista. Sus privilegios desaparecieron ante la irrupción de los españoles que ocuparon la cúspide de la sociedad. Esa casta de la nobleza prehispánica poco a poco se desintegró y sólo se conservaron unos cuantos, los que se asimilaron por matrimonio a la clase española, de los cuales varios salieron para España, en donde acabaron sus días. Para mediados del siglo XVII, los nobles indígenas se confundían con los macehuales, o sea con los indios de la clase trabajadora a la que antes ellos habían gobernado. La casta de los indios era, por supuesto, la más numerosa, a pesar de las tremendas epidemias, trabajos forzados y hambres que la habían diezmado. Fueron siempre la clase oprimida, la base sacrificada de la pirámide económica y social, como lo siguen siendo actualmente.
Según las Leyes de 1542, los indios debían ser tratados como súbditos libres de la Corona, pero a la vez se les consideraba súbditos de condición servil, por lo que la Corona tenía el derecho de obligarlos a trabajar, para el mantenimiento del reino. Algunos caciques conservaron su rango, pero fuera de gobernar en sus pueblos —sometidos a las leyes españolas— tampoco podían aspirar a los puestos importantes.
Sin embargo, con la fundación del Imperial Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco para la educación de indios nobles, en 1536, los indígenas demostraron igual capacidad intelectual que los españoles. Frutos notables de la educación humanista que se impartía en el Imperial Colegio fueron las figuras de Juan Badiano —indio de Xochimilco traductor del libro de medicina escrito en náhuatl por Martín de la Cruz— y Antonio Valeriano, consumado latinista, indio de noble estirpe, originario de Azcapotzalco.
Gracias a su gran talento Valeriano llegó a ser gobernador de la parcialidad de indios de la ciudad de México y se contó entre los colaboradores de fray Bernardino de Sahagún. Por lo tanto, la obra emprendida y lograda por el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco constituye la más digna, valiosa y admirable empresa a favor de la superación del mundo indígena. Pero desafortunadamente la institución funcionó solamente 74 años.
Desde 1564, en que el virrey Luis de Velasco dejó el poder, el colegio ya no contó con el mismo apoyo de las autoridades. En 1576 la gran peste que asoló la ciudad, diezmó el alumnado y causó mucho desánimo. En 1590, la muerte de fray Bernardino de Sahagún fue irreparable para la vida académica porque con él desaparecía el más fuerte apoyo moral para el colegio. En 1605 falleció también el insigne maestro Antonio Valeriano, admirado y respetado por indios y criollos. Su muerte reunió para su entierro a tal cantidad de población que las autoridades españolas tomaron dicha manifestación multitudinaria como una señal del poder que podría cobrar un clero indígena culto o los indios educados; dicho acontecimiento fue una causa más de que se propiciara la desaparición del colegio.
La equivocada opinión que las autoridades españolas y la mayoría de los españoles tenían acerca de si se debía o no educar a los indios, quedó claramente registrada en una carta escrita por fray Domingo de Betanzos y fray Diego de la Cruz, uno de cuyos párrafos comienza diciendo: "los indios no deben estudiar por que ningún fruto se espera de su estudio” y termina afirmando: “...como cosa muy necesaria quede, se les debe quitar el estudio...”; hecho imperdonable que se cumplió.
La raza negra en cambio —debido a una antiquísima tradición que asociaba el color oscuro con el mal— fue considerada la más baja en las categorías sociales de la Nueva España, tal como sucedía en aquel entonces en otras partes del mundo. Pero, en la Nueva España, aunque destinados a la esclavitud, los negros que lograron su libertad tuvieron mejores perspectivas de superación económicosocial que los indios. Resulta interesante comprobar que el color claro de la piel no contaba para ser eximido de la condición de esclavo, si se era hijo de madre esclava.
Existe un interesante documento acerca de la búsqueda de un esclavo “blanco de ojos verdes” a quien, como tal, había que marcarle la cara. Obviamente esa persona fue hijo de un español y de una negra.
Sin embargo, contrariamente a estas drásticas medidas, en la Nueva España los esclavos recibían mejor trato que en otros países. Hubo siempre negros libres, debido a la costumbre de otorgar la libertad bajo ciertas circunstancias, sobre todo a los hijos que las negras y mulatas tenían de padres españoles y que fueron muy numerosos. Además, los esclavos también podían comprar su libertad y la de sus mujeres e hijos, a los precios del mercado. Es más, los mulatos —al menos los más encumbrados— podían poseer esclavos, como lo prueba el hecho de que Juan Correa, pintor mulato de la segunda mitad del siglo XVII, vendiera una esclava de su propiedad.
Las castas “de color quebrado” tuvieron mayores oportunidades de progreso. En sus manos estaba la práctica de los oficios artesanales más importantes indispensables para satisfacer tanto las necesidades de la vida cotidiana como las artísticas. Hubo entre ellos, zapateros, violeros, sastres, carpinteros y hasta pintores de caballete “de color quebrado”, a pesar de que en las Ordenanzas del gremio de pintores se prohibía específicamente su ingreso. Ejemplos del éxito que los hombres de color quebrado podían alcanzar con su trabajo y buena disposición fueron el cirujano Juan de Correa —considerado como una eminencia en su especialidad— y su hijo, el mencionado pintor Juan Correa, quien llegó a ser uno de los más notables artistas de la segunda mitad del siglo XVII y el pintor preferido de la Catedral Metropolitana.
Las diferencias de raza, de cultura y de fortuna social y económica eran abismales, y no fueron bien manejadas por la Corona, por lo que se produjo una sociedad descontenta, intrincada y prácticamente inmanejable. Además, a las profundas desigualdades humanas hay que sumar las crecientes ambiciones políticas que cada día enfrentaban más a españoles y criollos. Por todas estas razones, las diferencias sociales y el descontento de muchos aumentó de manera alarmante a finales del siglo XVIII, cuando la Nueva España alcanzó su mayor riqueza económica.
La figura del criollo es la importante porque en él se originó y desarrolló el sentimiento americano, origen de la mexicanidad. Los criollos novohispanos eran y no eran españoles: eran hijos de españoles pero hablaban, comían y sentían de manera diferente, pues su tierra natal americana no era España. De esa situación surgió en el criollo un espíritu de rebeldía, tan potente, que constituye el impulso de la historia novohispana. Esa rebeldía tenía que encarnar en un hecho determinado y ese hecho fue el criollismo novohispano; sentimiento socio-político que impulsó al hombre novohispano a buscar “su propio ser”. La búsqueda de sí mismo lo llevó a desear diferenciarse de lo español en todos los campos y promovió el sentimiento de su propia grandeza. Así, el criollo, a pesar de haber estado sujeto al gobierno español, alimentó siempre el sentimiento de la grandeza de su tierra americana y luchó por ella.
En el siglo XVII el bachiller Arias de Villalobos cantó con mayor entusiasmo la grandeza de esta tierra, de sus habitantes, de sus atuendos y riquezas, dedicando especiales, barrocos y expresivos elogios a los artistas y las artes novohispanos. En 1604 el poeta Bernardo de Balbuena tituló su famoso poema dedicado a la ciudad de México "Grandeza mexicana" y en él canta que todo en México era grande y famoso; lleva al lector de exageración en exageración -gracias a la libertad poética- y acaba por proponerle que México es "el cielo del mundo". El sentimiento de la grandeza americana había continuado penetrando firmemente el alma de los criollos.
Otra muestra de este abundante acervo literario, ya de mediados del siglo XVIII, es el libro de Manuel de San Vicente, cuyo solo título basta para reforzar estos comentarios: Exacta descripción de la magnífica Corte Mexicana Cabeza del Nuevo Americano Mundo significada por sus escenciales partes, para el bastante conocimiento de su grandeza.
Además como resultado de la búsqueda de su ser, los criollos asumieron como su pasado clásico el antiguo pasado indígena, reforzando fuertemente el anhelo de grandeza.
El criollo fue la clase culta, dedicada al estudio de las humanidades y de las artes. Esta vía de expresión sirvió para expresar su sentimiento de grandeza, tanto en la literatura, como en las artes plásticas, de manera tan intensa que, la suntuosidad y exuberancia del arte barroco mexicano en muy buena medida se vieron impulsadas por ese sentimiento de grandeza, por ese afán de competir con la Madre Patria y de mostrar a la Nueva España, aún más grande y más bella que la primera.
Recordemos que la Nueva España se inició con la conquista del Imperio Azteca en 1521 y tendría una duración de trescientos años, pues en 1821 se consumaría la independencia del Imperio Mexicano que luego se conformaría como una república. Pero veamos brevemente cómo pasó todo esto.
Para darnos una idea de la sociedad novohispana y para comprender los motivos que llevaron a unos a pretender independizarse de España nos apoyaremos en un fragmento de la obra de Elisa Vargaslugo, México Barroco vida y arte, en que nos proporciona tanto una descripción de la sociedad novohispana, como del sentimiento de orgullo, arraigo a la tierra y de diferenciación con respecto de la sociedad española que nació entre la sociedad criolla de finales del siglo XVIII, es decir en las vísperas de la lucha por la independencia:
En el año de 1799 había en la Nueva España alrededor de cuatro millones de habitantes, de los cuales los españoles eran la décima parte y en sus manos se acumulaba prácticamente toda la riqueza del reino. Los indios seguían en el mismo estado de ignorancia y aislamiento en que los dejó la conquista, sin bienes ni honor, verdaderamente estancados, apáticos e indiferentes, a causa de que las Leyes de Indias los protegieron como a menores de edad, provocando su atraso y su desgracia. Los mestizos eran ya muy numerosos, no obstante, aún sin fuerza social. Los criollos, casta también numerosa aunque sojuzgada como las demás, fue la clase instruida y pensante, en cuyo seno surgió el sentimiento libertario que labró el camino de la independencia de la Nueva España; sentimiento que se desarrolló de manera poderosa e incontenible y tuvo extraordinaria proyección mediante las artes.
Heterogénea, multicolor y muy contrastada fue desde sus orígenes la población del México colonial, debido a que se constituyó con la mezcla de indios, españoles y negros. La casta española, iniciada con los conquistadores, se mantuvo y continuó creciendo con la constante llegada de más personas de la península, razón por la cual a los españoles también se les llamaba peninsulares. Los hijos de los españoles fueron los criollos, es decir hombres de sangre hispana ya nacidos y criados en tierra americana. Por otra parte, de la unión de españoles e indios surgió el mestizo, nacido muchas veces de las relaciones violentas entre españoles e indias, y en otras ocasiones hijo de legítimos matrimonios mixtos, pues sí los hubo, y en número más crecido de lo que se ha creído.
Un caso ejemplar es el de Baltasar Gómez de Muscobia, considerado indio principal, que vivía en la ciudad de México hacia 1641 y estaba casado con una española de la buena sociedad.
Como es del conocimiento general, la necesidad de mano de obra, sobre todo para los trabajos de las minas, favoreció la importación de esclavos negros que vinieran a reforzar o a sustituir a los indios, quienes, como había quedado demostrado, no tenían resistencia física para esas arduas y peligrosas empresas bajo la superficie de la tierra. De la libre unión de los españoles con sus esclavas negras surgieron los mulatos. Así, al correr de los años, la población novohispana se componía de españoles (apodados también gachupines), criollos, mestizos, castizos (hijos de español y mestiza que por su mayor porcentaje de sangre española se asimilaban casi automáticamente a la clase dominante), mulatos y, además, de las muchas otras mezclas sanguíneas que pronto surgieron de la unión de negros con mulatos, con mestizos o con indios, conocidos genéricamente como “de color quebrado”, que pronto fueron la parte más numerosa de la sociedad y quienes se dedicaron en su mayoría al trabajo artesanal.
Ahora bien, ¿quién era quién en ese complejo y variado mundo multicolor? Como resultado de la conquista los españoles —primero los conquistadores mismos y después los peninsulares que fueron llegando a lo largo del tiempo, así como los descendientes de ambos, los criollos— formaban la clase social más alta y privilegiada. Las riendas del gobierno civil y eclesiástico: virreyes, oidores, arzobispos, el alto clero y todos los altos funcionarios de la administración pública eran, por lo general, españoles. Esta fue una medida tomada por la Corona para conservar el predominio sobre la Colonia, a pesar de que el rey había ordenado que se prefiriera a los criollos para los cargos públicos. Aunque llegó a haber obispos, oidores y gobernadores criollos. Así pues, los criollos, a pesar de formar parte de la clase más alta de la sociedad, por obvias razones políticas, eran obstaculizados para desempeñarse en los puestos representativos de la autoridad real. Es decir, los criollos novohispanos se encontraban con las manos atadas en su propio país e imposibilitados para entregarse abiertamente a las ocupaciones de la vida socio—política de su patria.
En 1629, cuando el papa Urbano VIII beatificó a Felipe de Jesús —fraile franciscano, criollo, quien murió como mártir en el Japón— la situación política de los criollos parece haber mejorado, pues en cierto modo se demostraba su capacidad para recibir órdenes sacerdotales. Pero ese reconocimiento, fue disminuyendo a medida que los criollos ganaban en preparación intelectual, superando a los peninsulares. Estos, celosos de sus privilegios, y temerosos de la fuerza política que pudieran alcanzar, pusieron dificultades para evitar la superación de los criollos, exagerando sus defectos y debilidades.
Entre la sociedad criolla hubo talentos para todos los conocimientos; hubo poetas, historiadores, literatos, pintores, arquitectos, escultores, teólogos, latinistas, cirujanos, etcétera, quienes con gran irritación veían como los cargos importantes se otorgaban preferentemente a los españoles. Muy importante es la opinión dada por el virrey marqués de Mancera en 1673 acerca de la insondable separación que ya existía entre los españoles peninsulares y los criollos: “...pretendiendo los criollos no ser inferiores a los de Europa, y desdeñando éstos la igualdad”. Por otra parte, el arzobispo Núñez de Haro y Peralta expresó que era muy conveniente tener sujetos a los criollos con empleos medianos, y que convenía mucho “que tengan por delante a nuestros europeos”, que, según él, eran quienes deseaban el bien de la patria. Para entonces los criollos consideraban extranjeros advenedizos a los peninsulares que llegaban de Europa a enriquecerse a costa de los indios y sostenían que la causa del mayor deterioro de estos últimos, no estaba en su naturaleza, sino en la manera de gobernar de los europeos.
Más difícil aún, fue la vida para los mestizos. Estos, constituían una minoría ajena y socialmente desajustada —en 1673 todavía era considerada por el virrey marqués de Mancera como grupo menos numeroso que los negros y los mulatos. Los primeros mestizos eran, los descendientes de los conquistadores y de los primeros peninsulares llegados a la Nueva España. Estos, “mestizos viejos”, se consideraban a sí mismos con iguales derechos que los españoles y así eran tratados, sobre todo aquellos que podían presumir de un glorioso apellido en lengua vernácula, como los Moctezuma, y los Ixtlixóchitl de Tenochtitlán y Texcoco respectivamente, o los Maccicatzin de Tlaxcala. Otra cosa fueron los “mestizos nuevos” que nacieron a partir del último tercio del siglo XVI, por lo general de uniones ocasionales con indias no distinguidas y que no eran reconocidos como hermanos por los mestizos viejos.
Los mestizos nuevos no tenían un destino claro en la sociedad. Se desempeñaban trabajando en algunos de los gremios artesanales más humildes, como los zapateros remendones y candeleros. Sin embargo hubo algunos mestizos que escalaron la sociedad novohispana, sobre todo aquellos que tuvieron la suerte de ser reconocidos por sus progenitores españoles.
Martín Cortés el Mestizo, hijo de Hernán Cortés y de la Malinche, (1523-1599) fue sin duda uno de los primeros mestizos y el más alto representante de la mezcla de sangres hispana e indígena.
La nobleza indígena, a pesar de haber sido el grupo dominante no escapó a los efectos de la conquista. Sus privilegios desaparecieron ante la irrupción de los españoles que ocuparon la cúspide de la sociedad. Esa casta de la nobleza prehispánica poco a poco se desintegró y sólo se conservaron unos cuantos, los que se asimilaron por matrimonio a la clase española, de los cuales varios salieron para España, en donde acabaron sus días. Para mediados del siglo XVII, los nobles indígenas se confundían con los macehuales, o sea con los indios de la clase trabajadora a la que antes ellos habían gobernado. La casta de los indios era, por supuesto, la más numerosa, a pesar de las tremendas epidemias, trabajos forzados y hambres que la habían diezmado. Fueron siempre la clase oprimida, la base sacrificada de la pirámide económica y social, como lo siguen siendo actualmente.
Según las Leyes de 1542, los indios debían ser tratados como súbditos libres de la Corona, pero a la vez se les consideraba súbditos de condición servil, por lo que la Corona tenía el derecho de obligarlos a trabajar, para el mantenimiento del reino. Algunos caciques conservaron su rango, pero fuera de gobernar en sus pueblos —sometidos a las leyes españolas— tampoco podían aspirar a los puestos importantes.
Sin embargo, con la fundación del Imperial Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco para la educación de indios nobles, en 1536, los indígenas demostraron igual capacidad intelectual que los españoles. Frutos notables de la educación humanista que se impartía en el Imperial Colegio fueron las figuras de Juan Badiano —indio de Xochimilco traductor del libro de medicina escrito en náhuatl por Martín de la Cruz— y Antonio Valeriano, consumado latinista, indio de noble estirpe, originario de Azcapotzalco.
Gracias a su gran talento Valeriano llegó a ser gobernador de la parcialidad de indios de la ciudad de México y se contó entre los colaboradores de fray Bernardino de Sahagún. Por lo tanto, la obra emprendida y lograda por el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco constituye la más digna, valiosa y admirable empresa a favor de la superación del mundo indígena. Pero desafortunadamente la institución funcionó solamente 74 años.
Desde 1564, en que el virrey Luis de Velasco dejó el poder, el colegio ya no contó con el mismo apoyo de las autoridades. En 1576 la gran peste que asoló la ciudad, diezmó el alumnado y causó mucho desánimo. En 1590, la muerte de fray Bernardino de Sahagún fue irreparable para la vida académica porque con él desaparecía el más fuerte apoyo moral para el colegio. En 1605 falleció también el insigne maestro Antonio Valeriano, admirado y respetado por indios y criollos. Su muerte reunió para su entierro a tal cantidad de población que las autoridades españolas tomaron dicha manifestación multitudinaria como una señal del poder que podría cobrar un clero indígena culto o los indios educados; dicho acontecimiento fue una causa más de que se propiciara la desaparición del colegio.
La equivocada opinión que las autoridades españolas y la mayoría de los españoles tenían acerca de si se debía o no educar a los indios, quedó claramente registrada en una carta escrita por fray Domingo de Betanzos y fray Diego de la Cruz, uno de cuyos párrafos comienza diciendo: "los indios no deben estudiar por que ningún fruto se espera de su estudio” y termina afirmando: “...como cosa muy necesaria quede, se les debe quitar el estudio...”; hecho imperdonable que se cumplió.
La raza negra en cambio —debido a una antiquísima tradición que asociaba el color oscuro con el mal— fue considerada la más baja en las categorías sociales de la Nueva España, tal como sucedía en aquel entonces en otras partes del mundo. Pero, en la Nueva España, aunque destinados a la esclavitud, los negros que lograron su libertad tuvieron mejores perspectivas de superación económicosocial que los indios. Resulta interesante comprobar que el color claro de la piel no contaba para ser eximido de la condición de esclavo, si se era hijo de madre esclava.
Existe un interesante documento acerca de la búsqueda de un esclavo “blanco de ojos verdes” a quien, como tal, había que marcarle la cara. Obviamente esa persona fue hijo de un español y de una negra.
Sin embargo, contrariamente a estas drásticas medidas, en la Nueva España los esclavos recibían mejor trato que en otros países. Hubo siempre negros libres, debido a la costumbre de otorgar la libertad bajo ciertas circunstancias, sobre todo a los hijos que las negras y mulatas tenían de padres españoles y que fueron muy numerosos. Además, los esclavos también podían comprar su libertad y la de sus mujeres e hijos, a los precios del mercado. Es más, los mulatos —al menos los más encumbrados— podían poseer esclavos, como lo prueba el hecho de que Juan Correa, pintor mulato de la segunda mitad del siglo XVII, vendiera una esclava de su propiedad.
Las castas “de color quebrado” tuvieron mayores oportunidades de progreso. En sus manos estaba la práctica de los oficios artesanales más importantes indispensables para satisfacer tanto las necesidades de la vida cotidiana como las artísticas. Hubo entre ellos, zapateros, violeros, sastres, carpinteros y hasta pintores de caballete “de color quebrado”, a pesar de que en las Ordenanzas del gremio de pintores se prohibía específicamente su ingreso. Ejemplos del éxito que los hombres de color quebrado podían alcanzar con su trabajo y buena disposición fueron el cirujano Juan de Correa —considerado como una eminencia en su especialidad— y su hijo, el mencionado pintor Juan Correa, quien llegó a ser uno de los más notables artistas de la segunda mitad del siglo XVII y el pintor preferido de la Catedral Metropolitana.
Las diferencias de raza, de cultura y de fortuna social y económica eran abismales, y no fueron bien manejadas por la Corona, por lo que se produjo una sociedad descontenta, intrincada y prácticamente inmanejable. Además, a las profundas desigualdades humanas hay que sumar las crecientes ambiciones políticas que cada día enfrentaban más a españoles y criollos. Por todas estas razones, las diferencias sociales y el descontento de muchos aumentó de manera alarmante a finales del siglo XVIII, cuando la Nueva España alcanzó su mayor riqueza económica.
La figura del criollo es la importante porque en él se originó y desarrolló el sentimiento americano, origen de la mexicanidad. Los criollos novohispanos eran y no eran españoles: eran hijos de españoles pero hablaban, comían y sentían de manera diferente, pues su tierra natal americana no era España. De esa situación surgió en el criollo un espíritu de rebeldía, tan potente, que constituye el impulso de la historia novohispana. Esa rebeldía tenía que encarnar en un hecho determinado y ese hecho fue el criollismo novohispano; sentimiento socio-político que impulsó al hombre novohispano a buscar “su propio ser”. La búsqueda de sí mismo lo llevó a desear diferenciarse de lo español en todos los campos y promovió el sentimiento de su propia grandeza. Así, el criollo, a pesar de haber estado sujeto al gobierno español, alimentó siempre el sentimiento de la grandeza de su tierra americana y luchó por ella.
En el siglo XVII el bachiller Arias de Villalobos cantó con mayor entusiasmo la grandeza de esta tierra, de sus habitantes, de sus atuendos y riquezas, dedicando especiales, barrocos y expresivos elogios a los artistas y las artes novohispanos. En 1604 el poeta Bernardo de Balbuena tituló su famoso poema dedicado a la ciudad de México "Grandeza mexicana" y en él canta que todo en México era grande y famoso; lleva al lector de exageración en exageración -gracias a la libertad poética- y acaba por proponerle que México es "el cielo del mundo". El sentimiento de la grandeza americana había continuado penetrando firmemente el alma de los criollos.
Otra muestra de este abundante acervo literario, ya de mediados del siglo XVIII, es el libro de Manuel de San Vicente, cuyo solo título basta para reforzar estos comentarios: Exacta descripción de la magnífica Corte Mexicana Cabeza del Nuevo Americano Mundo significada por sus escenciales partes, para el bastante conocimiento de su grandeza.
Además como resultado de la búsqueda de su ser, los criollos asumieron como su pasado clásico el antiguo pasado indígena, reforzando fuertemente el anhelo de grandeza.
El criollo fue la clase culta, dedicada al estudio de las humanidades y de las artes. Esta vía de expresión sirvió para expresar su sentimiento de grandeza, tanto en la literatura, como en las artes plásticas, de manera tan intensa que, la suntuosidad y exuberancia del arte barroco mexicano en muy buena medida se vieron impulsadas por ese sentimiento de grandeza, por ese afán de competir con la Madre Patria y de mostrar a la Nueva España, aún más grande y más bella que la primera.
| Sistema de castas |
Fuente:
Elisa Vargaslugo, México
Barroco vida y arte, México, 1993, Salvat Editores, pp. 14—23
Nota: Los fragmentos
fueron adaptados con fines didácticos para una mejor y
más directa comprensión de los estudiantes de la clase de Historia.
martes, 21 de abril de 2020
Sobre las revoluciones burguesas y el periodo napoleónico
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| Washington en la Guerra de Independencia |
Antes de la revolución en Francia, y de hecho como una de las causas de la misma, este país ayudó a los colonos ingleses de Norteamérica a luchar y conseguir su independencia respecto de la corona inglesa. La ayuda no fue gratuita ni filantrópica, en realidad se trataba de la oportunidad ofrecida a Francia de vengar la derrota que había tenido por Inglaterra en la Guerra de Siete Años, en la cual ésta le había arrebatado el valle de Ohio en América del Norte, así como algunas posesiones en los distintos mares del mundo.
Por lo tanto, la lucha de los colonos ingleses en América le dio a Francia la oportunidad de asestar un fuerte golpe al poderío inglés, sin embargo ello significó también un fuerte derroche de recursos que, como vimos, sumiría a Francia en una crisis financiera, que agravada por la sequía y el invierno crudo de 1788, que la dejaron sin cosechas, generaría el malestar popular que llevaría al estallido de la revolución que terminó con el “antiguo régimen” monárquico y estableció el poder popular, democrático y republicano en el país galo.
Por otra parte hay que insistir en que la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica se debió tanto a la tenaz lucha de los colonos ingleses, como —y quizá de forma más definitiva— a la ayuda recibida de las potencias europeas que como Francia, España y Holanda le declararon la guerra al Reino Unido forzándolo a otorgar la independencia a aquellas y a pagar compensaciones territoriales a éstas.
| Luis XV de Francia prestó el apoyo a los colonos contra Inglaterra |
También es necesario puntualizar que ambas revoluciones tienen un común denominador —incluso los procesos de independencia de los países de América Latina también lo compartirán—: fueron impulsadas por la burguesía en contra de los sectores nobiliarios y concluyeron con el establecimiento de regímenes de corte republicano y democrático, en la mayoría de los casos. Ello ha permitido denominarlas como “las revoluciones burguesas”.
El caso de la independencia de las colonias inglesas de Norteamérica es emblemático porque de ella derivarán —como ya especificamos— la crisis del Estado Francés que llevará al estallido de la revolución, pero también inducirá a los colonos hispanoamericanos y portugueses de Brasil a la lucha por emanciparse de sus respectivas metrópolis dominadoras. Pagarán así las potencias europeas —Francia, España y Portugal— el apoyo brindado a los colonos ingleses, con la homologación de sus demandas de libertad y los levantamientos que derivarán también en la independencia de los actuales países de Latinoamérica, México incluido.
Como ya advertimos, los colonos ingleses tuvieron como motivo de su separación del Reino Unido la prohibición de colonizar los territorios del Valle de Ohio ganados a Francia en la Guerra de los Siete Años, lo cual generó la frustración de los mismos que pensaban que con su consecución podrían expandirse al oeste y adquirir tierras que les generaran bonanza y estabilidad económica. Y no sólo eso, la guerra supuso a la corona inglesa un gasto inmenso que procuró recuperar creando impuestos —al té, al licor, al papel sellado, entre otros— que cobró a los propios colonos contribuyendo al encono de los mismos, y en el colmo, para evitar alzamientos populares de protesta engrosó al ejército inglés en las colonias haciendo que los mismos colonos oprimidos cubrieran sus gastos por medio de leyes que los obligaban a hospedarles y aún a cubrir su alimentación.
Comenzó a hablarse de las pretensiones absolutistas y tiránicas del rey Jorge III, en una población de tradición parlamentaria; de su intención de imponer la religión anglicana, de sus agravios en suma. Y pronto surgieron los conflictos entre colonos y milicias británicas, generados entre otras cosas por las protestas como las acaecidas en el puerto de Boston, con ocasión del boicot a un cargamento de té propiedad de la Compañía de Indias –única facultada para introducir té en las colonias ante la prohibición de producirlo de forma local–, suceso conocido como “La Fiesta del Té”, o los disturbios por la incautación de un cargamento de vino propiedad de colonos norteamericanos, y otros descontentos que devinieron en la llamada “Masacre de Boston”, en la que murieron los primeros mártires de su causa —entre los que contaron irónicamente, en tanto que sociedad esclavista, a una persona de raza negra de nombre Crispus Attucks— o la pretendida incautación de armamento en la ciudad de Lexington, donde “sonó el disparo de retumbó por el mundo” —como reza su historia patria— y que dio inicio a la lucha independentista.
Personajes ilustrados como George Washington —nombrado Comandante de las milicias coloniales y a la postre “Primer Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica—, Benjamin Franklin —destacado como embajador encargado de conseguir el apoyo de Francia y otras potencias europeas a la causa americana—, Thomas Jefferson —quien redactara la Declaración de Derechos de Virginia y la Declaración de Independencia realizada en 1774— entre otros a quienes los estadounidenses denominan sus “padres fundadores” son personajes históricos que deben ser dignos de mención en esta historia.
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| La "Fiesta del Té": disfrazados de nativos americanos los colonos boicotearon un cargamento de té de la Compañía de Indias |
Como corolario de la Revolución Francesa aparece el genio militar y político de Napoleón Bonaparte, joven militar corso que logró colocarse como salvador de la patria francesa en una época de incertidumbre y caos generada por el “terror” de los años de la Soberana Convención Revolucionaria (1792-1796) quien logró no sólo impedir el desembarco inglés en el puerto de Tolón, al sur de Francia, así como la expulsión de los ejércitos austriaco y prusiano de suelo francés, sino aún conquistas territoriales que supusieron no sólo la pacificación del territorio francés sino su expansión. El 9 de noviembre de 1799 —el “18 de Brumario del año VII” según el nuevo calendario impuesto por los revolucionarios franceses— Napoleón Bonaparte se impuso en el poder mediante un golpe de Estado, estableciéndose como Primer Cónsul de un gobierno denominado “el Consulado Francés”, cuyas principales medidas políticas y económicas serían tomadas por el primero de tres cónsules, es decir: Napoleón Bonaparte.
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| Napoleón Bonaparte |
Napoleón gobernó con las libertades alcanzadas por la revolución, puso orden en Francia por medio de la persecución y cooptación de sus opositores, para lo cual se apoyó en la creación de un eficiente servicio de inteligencia. Por otra parte resultó buen administrador y reorganizó las finanzas del Estado al unificar la moneda creando el franco como unidad de intercambio y creando el Banco Central de Francia, único facultado para emitir moneda; además creó un eficiente sistema de recaudación de impuestos y estableció un nuevo y también eficiente sistema de pesos y medidas para regular el comercio.
La nueva paz napoleónica trajo consigo la creación de empleos, mientras que las exacciones impuestas a los pueblos “liberados” —es decir sometidos al control francés— generaron suficiente riqueza para embellecer las ciudades galas e impulsaron a Napoleón a coronarse como “Emperador de los Franceses” en 1804 —ya en 1802 había logrado imponerse como “cónsul vitalicio”— y convertirse en la máxima autoridad en Europa, pues no había quien pudiera contrarrestar su poder, habiendo sometido al emperador austriaco Francisco I, a quien incluso había tomado a una de sus hijas, María Luisa, como esposa —esta le daría un hijo como heredero, quien recibiría el título de “Rey de Roma”—; al Rey Federico Guillermo III de Prusia, así como al Zar Alejandro I de Rusia.
Sólo Inglaterra significaba la oposición a los designios napoleónicos y ésta contrarrestaría el poder de Napoleón por medio de la organización de coaliciones de países en su contra y varias batallas, de las cuales conviene apuntar la marítima de Trafalgar en 1805 —a cargo del Almirante Nelson, en la que la derrota napoleónica impidió la invasión de la isla británica—, así como la de Leipzig —la llamada “Batalla de las Naciones” de 1813, que significaría el inicio del declive napoleónico— y la Batalla de Waterloo de 1815, en la que finalmente sería derrotado el emperador francés de forma definitiva por el Duque de Wellington.
En 1806 Napoleón, intentando minar el poderío inglés en Europa impuso un bloqueo económico a los productos ingleses, denominado el Sistema Continental, lo que no pudo cumplir Portugal que dependía por entero del intercambio comercial con el Reino Unido. Así Napoleón marchó sobre Portugal, con la anuencia del rey Carlos IV de España, para someter al regente Juan de Portugal, quien para salvar la corona lusitana huyó a Brasil donde estableció la corte de la Casa de Braganza en Río de Janeiro.
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| Fernando VII |
A su regreso de Portugal, en 1806, Napoleón encontró problemas sucesorios en la Casa reinante de España, entre el rey Carlos IV y su hijo Fernando VII —quien había sido coronado rey ante la presión ejercida por los opositores al rey Carlos IV; luego éste se habría retractado y pretendido recuperar para sí la corona. Aprovechando la situación Napoleón requisó la corona española e impuso como nuevo rey de España a su hermano José Bonaparte —quien se hizo famoso por su afición a la bebida, lo que le valió el mote entre los españoles de “Pepe Botella”, dicho sea de paso.
La imposición de sus hermanos como reyes no era nueva, ya había sucedido con el propio José Bonaparte quien antes había sido coronado como rey de Nápoles, o su hermano Luis Bonaparte, coronado rey de Holanda y su hermano Jerónimo, rey de Westfalia, con la pretensión de fundar una nueva Casa de reyes europeos.
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| Caricatura que desprestigia a José I Bonaparte |
Aquí es donde se cruzan las historias de la Francia napoleónica con la historia mexicana, pues con la imposición de José Bonaparte como rey de España esta última nación iniciaría su lucha por reconquistar su independencia, pero a la vez tal suceso daría pie a los acontecimientos que llevarían no sólo a México sino a toda la América española a los procesos de independencia que conformarían el mapa político latinoamericano que hoy conocemos.
Escribe un comentario a este post y a su vez comenta alguno que haya hecho un compañero.
Mira el capítulo "Guerreros. Napoleón", en este blog y elabora un breve reporte del mismo.
Para complementar escucha la siguiente entrevista a Juan Iván Peña Neder en que nos habla de la personalidad de Napoleón. Sólo haz click Aquí
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jueves, 2 de abril de 2020
jueves, 12 de marzo de 2020
La Ilustración. Posturas filosóficas
Tras
los descubrimientos, que hicieron imposible que el europeo siguiera
creyendo que todas las verdades se hayan en la religión y su libro
sagrado La Biblia, así como la exigencia generada por el
protestantismo de “leer” la propia Biblia e interpretarla, la
seguridad de poseer la verdad que caracterizaba al cristiano se
diluyó y una nueva actitud de duda caracterizaría al hombre
moderno. La filosofía se convirtió en gnoseología, al preguntarse
sobre la posibilidad de poseer un conocimiento real y verdadero sobre
las cosas.
En
su Discurso del Método Rene Descartes afrontará este problema y se
preguntará cómo puede estarse plenamente seguro de que el
conocimiento de las cosas es un conocimiento certero y confiable.
Descartes parte de la duda, como buen geómetra sabía que los entes
geométricos perfectos no existen en la naturaleza sino en la mente
de quienes los conciben, a pesar de que nuestros sentidos puedan
hacernos percibir tales en el mundo real. Es decir, que los sentidos
nos engañan y por tanto no son fiables. Así, el conocimiento que
entra por los sentidos (gusto, oído, olfato, vista y tacto) tampoco
puede ser confiable. ¿Cómo pues podemos estar seguros de que lo que
conocemos es fiable?
Descartes
Al
dudar de la fiabilidad del conocimiento empírico (el que entra por
los sentidos) Descartes llega a la certeza, la primer certeza, de su
existencia. Es decir, si yo pienso que nada de lo que percibo por los
sentidos es seguro, de lo único de lo que puedo estar seguro es de
que lo estoy pensando y si lo estoy pensando es porque existo.
“Pienso, entonces existo”, esa es la máxima cartesiana y
demuestra que para Descartes es más importante pensar que existir
simplemente, o que se existe porque se piensa no al revés.
Ahora
bien, cuando Descartes se convence de que existe porque piensa pasa a
un segundo nivel de pensamiento al preguntarse ¿qué es lo que
piensa? Y ahí obtiene una segunda certeza: piensa ideas.
En
un tercer nivel distingue Descartes tres tipos de ideas que se
piensan: como ya vimos están las ideas que nos entran por los
sentidos, pero como ya vimos esas ideas, que Descartes llama
“adventicias”, no son confiables. Luego halla otro tipo de ideas
que se forman con la combinación de las ideas adventicias, como la
idea de “sirena” - mitad pez, mitad mujer- o centauro -mitad
hombre, mitad caballo-. A esas ideas las llamará “ficticias”,
pero esas ideas tampoco son confiables.
Descartes
hallará la certeza que busca al percatarse de un tercer tipo de
ideas que él concibe como “innatas”, es decir como preconcebidas
en el ser humano desde el nacimiento. Estas son las ideas como la
“justicia”, la bondad, la belleza, la verdad. Es decir, Descartes
se percata que cuando el ser humano busca lo justo es porque sabe qué
es lo justo, pero es claro que esa idea no entró por ninguno de los
sentidos, ni se formó a partir de ideas que entraron por los
sentidos, sin embargo el ser humano cuenta con esas ideas. Lo mismo
sucede con lo bello, lo verdadero o lo bueno. Para Descartes tales
ideas vienen con el ser humano desde su nacimiento. ¿Pero cómo es
esto posible? ¿cómo puede alguien poseer ideas antes de nacer?
Como
cristiano del siglo XVII Descartes no puede sino concebir que algún
poder sobrenatural es capaz de inducir en el ser humano las ideas
innatas antes del nacimiento, es decir para Descartes la existencia
de las ideas innatas es prueba de la existencia de Dios, y esa es su
cuarta certeza: Dios existe.
La
prueba de la existencia de Dios, a la que Descartes llegó por medio
del razonamiento, era lo que él necesitaba para tener la certeza de
la existencia del mundo y del conocimiento que de éste se tiene,
pues si Dios existe, entonces existe el mundo que él creó, lo mismo
que la razón, también por él creada, y ésta puede conocer el
mundo de una forma cierta. O sea que la filosofía cartesiana, que
hoy conocemos como “racionalista” por usar la razón como método
de conocimiento, le dará a Descartes la certeza de que el mundo
natural puede ser conocido por la razón humana resolviendo su duda
inicial.
David Hume
La
filosofía racionalista sería llevada a otro nivel por los filósofos
empiristas como John Locke o David Hume quienes asumen con gusto que
es la razón el método de conocimiento de la realidad, pero a
diferencia de Descartes los empiristas no aceptan la existencia de
las ideas innatas y preconcebidas, que le daban certeza al
conocimiento cartesiano, para los empiristas el conocimiento sólo
puede provenir de la experiencia de las cosas y ésta experiencia se
obtiene forzosamente por los sentidos. Los seres humanos nacen como
hojas blancas en las que la experiencia va poco a poco “escribiendo”
el conocimiento. El planteamiento del empirismo es que “solo se
puede conocer aquello que se puede experimentar”, de ahí que el
empirismo derivará en agnosticismo -no se puede conocer, si se
pudiera conocer no se podría transmitir su conocimiento- y en
utilitarismo agnóstico -”no es útil tratar de conocer aquello que
no se puede conocer”, por lo que es más útil dedicarse a conocer
las cosas que sí pueden conocerse: las cosas de la naturaleza.
Tenemos
ya así el planteamiento de los llamados “filósofos” de la
Ilustración, que asumirán posturas “deístas” -hay un dios que
creó a la naturaleza que funciona por sí misma sin la necesidad de
la intervención constante del mismo dios, así mismo hay una razón
humana, también creada, capaz de comprender la naturaleza-, pero
también otras escepticas o francamente ateas. Todas derivadas del
uso de la razón y el abandono de los dogmas religiosos.
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